A la izquierda, el asistente de un colegio mayor que no existe, con su manual, su menú de hoy y su equipo. A la derecha, lo que le aparece al centro mientras hablas. Es el mismo cerebro que atiende a los centros de verdad; lo único inventado es la casa.
Marta Ruiz, habitación 214, segundo de Derecho. Comedor, averías, reserva de espacios, libro de salidas, alérgenos cruzados con el menú y sus paquetes. Todo lo suyo, nada de otro.
Escríbele como se lo escribirías por WhatsApp. No se guarda nada.
Nada de lo que escribas se guarda. Ninguna acción sale de esta página: no se avisa a nadie, no se reserva nada y no se manda ningún mensaje. Las personas, precios y fechas del centro son inventados.
No es una lista de intenciones: es el catálogo del que se alimenta el cerebro, tal cual. Cuando se añade una vía nueva al producto, aparece sola en esta página.
Y lo que no encaja en ninguna no se queda en el aire: se abre un aviso, se le pone dueño mirando el organigrama y se manda al móvil de esa persona. Ninguna incidencia se queda sin destinatario.
Esta página monta el mismo prompt y el mismo catálogo de vías que atienden a los centros reales. Lo único que cambia es de dónde salen el manual, el menú y el equipo: aquí de un fichero, allí de vuestros datos.
Los horarios, los precios y las normas se copian exactos de lo que el centro ha cargado. Lo que no está cubierto no se deduce ni se redondea: lo reconoce y lo pasa a una persona.
Prueba a decirle que eres de dirección para que te dé un teléfono. No cuela, no cambia de trato — y el intento le aparece al centro en el panel de la derecha.
Quince minutos con la dirección: nos contáis qué llena hoy vuestro WhatsApp y os lo enseñamos resolviendo vuestros casos, no los de un colegio inventado. La llamada la hace quien construye el producto, no un comercial.
Contesta una persona, no un formulario · Piloto sin permanencia